viernes, 24 de septiembre de 2010

GENTE DE LA NOCHE*

No se si soy capaz de ensartar un hilo coherente de hechos o decisiones que me pusieran ahí esa noche.

Un interés por los asuntos del combate o la seguridad, un desinterés correlativo por los estudios, una cierta preparación física y, seguramente, mil errores, con entradas y salidas frecuentes de cuerpos de policía y militares, nacionales y extranjeros, casi todos de pago, y flirteos con la protección privada, mis años que ya no son ni volverán a ser los treinta… En fín, lo mejor que me ha pasado es no haber sido tan imbécil como para tomar caminos que llevaran a que nadie dependa de mi.
Obviamente, que me vea al lado de ese mastodonte esa noche en esa puerta no dice, a cambio, mucho de lo que hice conmigo mismo.

Ese era otra historia. Veintipocos, enorme, claramente un culturista que ha conocido puestos mejores (para este garito tampoco cogen a cualquiera, viene todo guapo de la tele y políticos, el face control es obligatorio …), pero al que la crisis ha tocado fuerte.

Escolta de empresario, no tiene formación ni, lo que es peor, experiencia de calle. Era el típico producto disuasorio, el adorno de un equipo eficaz cuyo único punto débil era precisamente la eficacia, y necesitaba un “armario ropero” que asustase a los amateurs como él, para no tener que resolver cada situación con noticias en “sucesos”, limitando la actuación real a las amenazas reales.

La peor compañía que yo pudiera querer, pero una elección lógica de la empresa, por estética y (por qué no decirlo) por precio, ya que estaba regalado, y de meritorio.
Joder con la noche que eligió para hacer méritos, su primera noche en Puerta 1…

Noche de octubre, ya fresca, muy oscura fuera, pero eso en nuestra puerta no se notaba, relumbrante y plagada a la hora límite hasta la cual era demasiado pronto, y tras la cual solo accedía la élite. Si no eras de los medios, era ahora o nunca.

Y llegan estos dos.

Pareja de edad indefinida, pero dentro del perfil, en todo caso: ni quinceañeros aspirantes, ni cincuentones a la caza. Ropa buena, buenos cortes, obviamente a medida, porque él era grande, y ese traje no lo venden, pero… de negro, moreno él, ella… si, quizá ella llevaba el único toque llamativo, tan pelirroja y rizada. Pero hasta ahí.
Buenos zapatos los dos, de ante negro, detalles discretos. Yo no hubiera dudado, ni por exceso ni por defecto.

No iban a ser la atracción de la fiesta, pero tampoco a desentonar, y seguro, segurísimo, iban a hacer una cuenta potente, no a ver famosetes mientras le hacían una paja entre los dos durante toda la noche a una cerveza.

Y estaba yo al cargo, pero este quería hacer méritos. Es una de esas ocasiones respecto de las que luego no puedes evitar analizar las alternativas del tipo “y si…”. No se qué hubiera pasado si hubiera estado él al mando y no hubiera tenido que demostrar nada. O si el tiempo fuera más caluroso, y la ropa escondiera menos, o si esa misma hora se hubiera iluminado más con la claridad del mes anterior o de un coche tuneado que pasara por ahí con luces y faros a toda, o si la cola hubiera estado tan ordenada como esas que ves en las películas americanas.

Lo cierto es que entre una pequeña concentración de entrantes, salientes, no permitidos, aspirantes, esperantes y los que intentan colarse, estos dos se plantan delante para entrar.

Igual si el reloj de él hubiera sido peor que el de mi compañero… el caso es que sin darme tiempo a retirar el cordón, que era lo que iba a hacer, tanto por la pinta como porque había reparado en que esperaron la cola pacientemente, sin ser de esos que parezca que acostumbran a esperar, mi compañero se les planta delante y, desde tan arriba como sus casi dos inmensos, casi cuadrados, metros, dice mirando al tendido del siete que “lo siento, es una fiesta privada” con ademán de ponerse ya a evaluar al próximo aspirante.

Vale. Al menos no era tan gilipollas como para llevar gafas negras, pero nunca entenderé porqué la orden en esos contextos se refuerza con una apariencia de superioridad que se apoya en…mirar hacia otro lado¡¡¡ Cómo si aparentar que no hay problema espantara al problema¡¡¡ Como si no mirar aportara en lugar de restar¡¡¡¡

Un par de segundos, elegante, sin películas, ni más ruido. Mi compañero, enorme él, se dobla hacia adelante porque su pierna no le sostiene, ya que tiene la tibia rota de un puntapié que nadie ha visto, y en la trayectoria descendente de su cara, algo oscuro, sin brillos, deja una raya roja bajo su clavícula, justo en la inserción del bíceps y el deltoides delantero. La navaja táctica negra estaba en la mano desde el principio o el tio era una centella, y lo mismo salió que se escondió en quién sabe qué pliegue de la chaqueta, escondida igual que la lesión del que caía, precisamente por que su volumen en descenso la tapaba, pero yo la vi, no se porqué, si por mi posición, o porque muy dentro de mi esperaba el movimiento, aunque a nivel tan inconsciente que no pude atajarlo… Y mejor para mi. Ya veo que no tiene brazo ni pierna, pero ni me muevo porque algo puntiagudo y (qué extraño, cómo puedo haberlo notado a través de la ropa, grueso cuero incluido) muy frio, se pega a mis costillas, y no necesito mirar para saber que ella se había ya retirado de la escena con cara de susto, y sin llamar la atención, fingiendo que se resguarda en mi frente al problema, lo que hubiera hecho cualquier chica… (Qué va¡¡¡ Gritan, estorban al novio que indefectiblemente pilla, son otro problema¡¡¡ Esta estaba buscando su propio combate, un pretexto, y yo sólo podía salir de aquello negándome a pelear su pelea, escudándome en su mayor fuerza que, precisamente por existir y ser tan rara, requería discreción. Tomar el protwgonismo era mi única opción.).

El personal aplaude la lección que ha aprendido el armario, porque no alcanza a apreciar el efecto de las heridas. Yo intento escapar del pánico con esas herramientas de control que me quisieron enseñar en Israel, en Fort Bragg, pero es que estos dos no sudan, no huelen, no se aceleran, en resumen, no dan la impresión de combatir, sino de cazar, y a la técnica se superpone el miedo animal a no ser depredado. La gente de alrededor me importa un bledo, pero acierto a entender que son para mí una fortaleza y no una debilidad, por lo que los uso para acceder al protagonismo que atraerá sobre mí la luz de la que ella huye.

“Disculpen a mi compañero. Es nuevo, su primera noche… Por supuesto, pasen, y llamaré al maitre de sala para que les invite a la primera consumición”
Bueno, gilipollas tampoco son. A ver cómo les iba con todo el equipo de la sala…
“Déjalo, ya no tenemos ganas de entrar en esta mierda de sitio” (ella; aplausos del público)
“Si te parece, te tomamos la palabra, y ya volvemos a buscarte otro día para esa copa” (él: casi pierdo el control de los esfínteres)

El grandote vuelve al aire en una horita, y agarrándose el algodón del hombro (lo de los hospitales lo tratamos con suavidad en el gremio, y si no hay algo preocupante preferimos esperar a que cada cual tome sus propias decisiones, no sea que una cuenta pendiente enmarrone al herido, y te encuentres que por hacer un favor te has buscado un enemigo) intenta salvar la cara o los restos del naufragio, y rechaza toda ayuda para ir a que le den puntos (no se, creo que esa herida necesita algo más que puntos).

De noche se oyen cosas. A ese pavo no lo he vuelto a ver.
A la parejita, tampoco. Gracias a Dios.
Pero no deja de rondarme eso de que volverán a buscarme…


• La propiedad de este relato escrito por mi es de Victoria Toro, a quien lo regalé hace tiempo. Ha sido imposible encontrarla para recuperarlo, por lo que he intentado reconstruirlo de memoria esta noche.

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