La libertad ha de ser el contenido del Amor perfecto, de ese que algunos llamamos Dios, y paradojicamente, por tanto, conjuga el afecto con el desafecto.
Si el objetivo vital es la felicidad, como expresión de la perfección o completitud del ciclo de la existencia de cada uno, es fácil ver cómo el apego a lo que sea genera la angustia por su obtención, el temor de su pérdida, el dolor cuando esta se produce... Por tanto, sólo se consigue el objetivo desapegándose.
Por otro lado, el único contenido digno, satisfactorio y que por su mera posiblilidad compensa la frustración por la no consecución y por la pérdida, es el amor por otros seres humanos, naturalmente unidireccional, "autoportante", que como fuerza de cohesión y única explicación de actitudes libres que un animal nunca tomaría, califica a la raza humana, escapa a la razón para ser metafísico, y ha aglutinado, o "religado", al hombre desde el principio de los tiempos, de un modo u otro, para profesar la devoción de las personas por esa fuerza, incluso personificándola cuando aún el desarrollo de la abstracción no permitía su ubicación (que no su comprensión, misteriosa aún hoy, ya que somos incapaces de imaginar su origen o su auténtico papel en nuestra vida y tras nuestra muerte, aunque claramente está ahí, dibujando heroes y esculpiendo santos).
Si las dos premisas son ciertas, por fuerza han de ser compatibles y debe existir un camino para alumbrar la escondida razón que aclara la paradoja, que muestra como es sólo una apariencia de contradicción. Como toda paradoja.
El (mi) contexto del razonamiento es el de la confrontación de la convicción firme acerca de la bondad del ser humano, con la constatación de su debilidad y estupidez, que acaban traduciendose necesariamente en maldad (es en otras palabras, la misma formulación del que pregunta cómo puede Dios permitir las atrocidades que contemplamos a diario).
La doble premisa permite un doble acercamiento al problema, tal y como matemáticamente la eliminación de incógnitas soluciona la ecuación.
El hombre ha de ser capaz de ser libre, o no podría culminar el ciclo de perfección. El hombre debe amar para tolerar la vida. El hombre que no ama, esto es, el malvado, lo es por debilidad: en el sentido de los niños o los animales cuando comen, y son egoistas por que son débiles, y si confiaran en su propia capacidad para auto sustentarse, serían generosos; en el sentido de que se siente mayor disposición a la caridad en la abundancia que en la pobreza.
Al fin, la existencia de necesidades genera maldad, a la vez que muestra la esclavitud o dependencia de los bienes que se necesitan, integrándose la paradoja desde el punto de vista negativo.
Desde el positivo, es más sencillo: quien no necesita nada (o lo que es lo mismo, quien tiene sus necesidades cubiertas, lo que es más fácil cuanto menos sean estas) no se ve en la lucha por la consecución, y es féliz, y a la vez está, por ello mismo, y como veíamos más arriba, más dispuesto a darse a los demás a los que ve sufrir de necesidad, de modo que la libertad, como no dependencia de la necesidad, se traduce en amor.
Al fin, una perspectiva que auna el amor con la libertad, que necesariamente sugiere un gran esfuerzo en todo orden para su implementación, y por tanto una gran fortaleza para acometerla, y su desarrollo por causa de dicho esfuerzo, aniquila las visiones pacatas del amor de la otra mejilla, a la vez que alivia de la necesidad del lúcido de rebelarse contra la debilidad que acarrea, que sólo es un engaño de los débiles para asustar a los fuertes, como un pavo compensa su torpeza con su plumaje, hasta que se lo come un león.
Hace que los mejores se sientan orgullosos de serlo, de exhibirlo como ejemplo y como faro para atraer a los que les necesiten, en lugar de esconderse o pedir disculpas por tener lo que otros no, por no ser "mayoría".
Desmiente a los que dicen que Dios ha muerto, que son los que sabiendo que existe en los términos expuestos, se topan con la contradicción y no la saben explicar, haciendo a la vez de coartada para la exhibición de plumas de los débiles que quieren mandar, y que para ello necesitan de la ceguera de otros, y de la capitulación de los más dotados naturalmente para el mando, en nombre del ostracismo que espera al de fuera de la manada, aunque sea por estar por encima.
No es extraña la reivindicación de Nieztsche por los nacionalsocialistas, como descripción del super hombre, y a la vez por los gauchedivinistas, hijos edípicos de ricos, abuelos de los pesebristas de hoy y cancer, ellos y sus nietos, de los pobres, al privarles de las ventajas de la dirección de los mejores, y cegarles con la agria miel de la revancha contra los que se envidia.
Triste España, capaz de las máximas hazañas y de las peores bajezas, que premia a sus hijos mejores con el repudio, y castiga a los más desfavorecidos como hacían los dioses griegos, concediéndoles lo que en su locura, ceguera y estulticia, piden con ahinco, al grito de "Vivan las caenas"
miércoles, 11 de febrero de 2009
jueves, 5 de febrero de 2009
Rubicón
Este es el momento, lo se. No es otro momento, y parece una paradoja con la que cae, y más yéndose a la mierda ese proyecto, a su vez paradójico, tan aparentemente bueno con la que caía...
Capacidad de abstracción, perspectiva, ... qué más da.
No sabía la pasada madrugada si podría afrontar mis compromisos, ahora no se si creer que está próxima la ocasión de amputar del vocabulario el concepto de "necesidad".
No se si creerlo, y mi lado antisupersticioso se rebela. No se si operar en consecuencia, dada la inmediatez, y mi lado prudente se rebela.
No puedo acudir a la metafísica, pues si bien es cierto que no creo justo el resultado provisional de la partida que voy jugando, se de presente que no lo es el rumbo que toma, que más se parece a una lotería, por más que la juguemos muy, muy poquitos, que a la razonable remuneración del trabajo bien hecho... Ni merecía tan poco, ni he creido jamás que nadie merezca tanto. Eso me preocpa como problema..."mecánico", y se por experiencia que no es una preocupación méramente teórica.
En fin, querido quienquieraqueseasquemeleesyqueportantonoexistesportuinteressinoporminecesidaddedesahogarmeyenelexcesoporpuracasualidadysiacasoporcuriosidadmórbida, que ni mi esfuerzo ha debido malgastarse tanto (sobre todo por el perjuicio a los que lo hubieran aprovechado, no por mi egoismo, ya que creo haber disfrutado de la vida muy por encima de mis cartas) ni ahora es creible un resultado tan estratosférico; como mucho, por compensación, y ese mecanismo no opera ni en la dinámica prosáica de la vida, ni en las cuentas que hace el moralista...
En fin, digo, que siquiera como la venda antes del grano del miedoso, como el temor reverente del religioso, o como el mecanismo irracional del racionalista, valga este miedo nocturno al fracaso del que sólo uno responderá, o al éxito que se perfila como una ilusión peligrosa, de no cumplirse, para sobrevivir: temo y trato de que el riesgo que temo no me mate si deviene siniestro. Y bajo ese volcán, aprovecho para ver muchas cosas desde una perspectiva nueva, que me enriquezca incluso si el paraguas no llega a tapar ninguna lluvia.
Si he estado antes en una encrucijada más crítica, seguro que sería por la diferencia entre los caminos a elegir, no por el riesgo para el equipaje. Miedo, por falta de libertad; o más bien por responsabilidad, ya que las cargas las he elegido yo, no me las han impuesto.
¿O si? ¿Habré dejado que la presión constante altere mi elección para no sufrir, en lugar de para continuar, sin darme cuenta? Se imponen pruebas, pero..¿Cómo sin caer en la irresponsabilidad ni en el daño absurdo?
A lo mejor iluminan las lecturas de esta noche: el S. XVIII arrasado por el S. XIX, pero sin sustrato material, sino como puro fenómeno mecánico de la naturaleza: el romanticismo que impone la pasión por los vañores- tan cristiana-, tropieza con los estudios, inicialmente arquelógicos, luego históricos, y al fin sociológicos y filosóficos, del Oriente a manos alemanas, demostrando que el Espíritu Germánico contiene el desarrollo y la destrucción (qué idea más romántica...), y aportando un sentimiento de santidad moderna que participa de la bondad natural, del entorno de alteridad que proporciona su único sentido, y de la lucidez y perspectiva que iluninan al que intenta actuar éticamente en la realidad, en la actualidad, en la individualidad, en la crítica, en el conocimiento, en la responsabilidad, en la libertad...
El asceta actual, que desprecia lo que no quiere después de demostrar que puede tenerlo, y que no lo enjuicia, admitiendo que para otros puede ser bueno, y por último, no renuncia a la felicidad, sino que toma lo anterior como camino en lugar de como precio.
Ese quiero ser yo. Quizá ese sea el superhombre, pero no os preocupéis: si va de veras, no le importa ni a él ni a mi...
Capacidad de abstracción, perspectiva, ... qué más da.
No sabía la pasada madrugada si podría afrontar mis compromisos, ahora no se si creer que está próxima la ocasión de amputar del vocabulario el concepto de "necesidad".
No se si creerlo, y mi lado antisupersticioso se rebela. No se si operar en consecuencia, dada la inmediatez, y mi lado prudente se rebela.
No puedo acudir a la metafísica, pues si bien es cierto que no creo justo el resultado provisional de la partida que voy jugando, se de presente que no lo es el rumbo que toma, que más se parece a una lotería, por más que la juguemos muy, muy poquitos, que a la razonable remuneración del trabajo bien hecho... Ni merecía tan poco, ni he creido jamás que nadie merezca tanto. Eso me preocpa como problema..."mecánico", y se por experiencia que no es una preocupación méramente teórica.
En fin, querido quienquieraqueseasquemeleesyqueportantonoexistesportuinteressinoporminecesidaddedesahogarmeyenelexcesoporpuracasualidadysiacasoporcuriosidadmórbida, que ni mi esfuerzo ha debido malgastarse tanto (sobre todo por el perjuicio a los que lo hubieran aprovechado, no por mi egoismo, ya que creo haber disfrutado de la vida muy por encima de mis cartas) ni ahora es creible un resultado tan estratosférico; como mucho, por compensación, y ese mecanismo no opera ni en la dinámica prosáica de la vida, ni en las cuentas que hace el moralista...
En fin, digo, que siquiera como la venda antes del grano del miedoso, como el temor reverente del religioso, o como el mecanismo irracional del racionalista, valga este miedo nocturno al fracaso del que sólo uno responderá, o al éxito que se perfila como una ilusión peligrosa, de no cumplirse, para sobrevivir: temo y trato de que el riesgo que temo no me mate si deviene siniestro. Y bajo ese volcán, aprovecho para ver muchas cosas desde una perspectiva nueva, que me enriquezca incluso si el paraguas no llega a tapar ninguna lluvia.
Si he estado antes en una encrucijada más crítica, seguro que sería por la diferencia entre los caminos a elegir, no por el riesgo para el equipaje. Miedo, por falta de libertad; o más bien por responsabilidad, ya que las cargas las he elegido yo, no me las han impuesto.
¿O si? ¿Habré dejado que la presión constante altere mi elección para no sufrir, en lugar de para continuar, sin darme cuenta? Se imponen pruebas, pero..¿Cómo sin caer en la irresponsabilidad ni en el daño absurdo?
A lo mejor iluminan las lecturas de esta noche: el S. XVIII arrasado por el S. XIX, pero sin sustrato material, sino como puro fenómeno mecánico de la naturaleza: el romanticismo que impone la pasión por los vañores- tan cristiana-, tropieza con los estudios, inicialmente arquelógicos, luego históricos, y al fin sociológicos y filosóficos, del Oriente a manos alemanas, demostrando que el Espíritu Germánico contiene el desarrollo y la destrucción (qué idea más romántica...), y aportando un sentimiento de santidad moderna que participa de la bondad natural, del entorno de alteridad que proporciona su único sentido, y de la lucidez y perspectiva que iluninan al que intenta actuar éticamente en la realidad, en la actualidad, en la individualidad, en la crítica, en el conocimiento, en la responsabilidad, en la libertad...
El asceta actual, que desprecia lo que no quiere después de demostrar que puede tenerlo, y que no lo enjuicia, admitiendo que para otros puede ser bueno, y por último, no renuncia a la felicidad, sino que toma lo anterior como camino en lugar de como precio.
Ese quiero ser yo. Quizá ese sea el superhombre, pero no os preocupéis: si va de veras, no le importa ni a él ni a mi...
sábado, 17 de enero de 2009
la prueba
No buscar nada, no ser esclavo de nada. La libertad.
Competir: buscar algo tan abstracto como la victoria, que en si es la medida de comparación de la eficacia, como el dinero lo es del valor. Qué absurdo es ganar, casi tanto como tener.
Al no ganar o no tener hallamos la medida de la propia calidad.
Si hemos tenido o ganado, pensamos que no es grave; si no, podemos pensar como la zorra con las uvas. Error en ambos casos.
No es haber conseguido lo que dices que ya no necesitas lo que te permite descansar cuando no lo tienes, sino de verdad no necesitarlo: a ese efecto, aquella consecución puede ser una dificultad, porque genera un espejismo de autosuficiencia. Sólo vale no querer, y eso es tarea de cada dia que se examina cada dia, y que no acepta ningún pasado para hacer de muleta.
No es conformarnos con lo que hemos hecho, sino hacer el máximo posible, como si todas las uvas estuvieran maduras, y luego realmente no necesitar su jugo, darlo a los demás como medida de equilibrio, no de generosidad.
Es imposible ser bueno y santo al mismo tiempo, porque sólo es bueno no tener valores, mientras que sólo es santo ser coherente hasta el extremo con unos valores.
La viuda que dió lo que necesitaba era santa; el rico que dió lo que le sobraba pudo ser bueno si de verdad, íntimamente, le sobraba lo que dió, y todo lo demás que tenía, y sólo le importó dar lo mejor de si mismo, y con ello el fruto fue alto, y al no necesitarlo, por haber cumplido su cometido vital, lo repartió, y no se sintió por ello ni mejor ni peor por que no daba nada que para él valiera, y olvidó pronto el gesto, como no recordó cada vez que respiraba.
Es cierto que es fácil ser bueno cuando lo tienes todo, que la debilidad y el hambre engendran el egoismo de supervivencia que acabamos llamando maldad cuando condenamos a uno que no fue santo.
Pero eso en nada empece al pensamiento principal: si se sigue el camino correcto, tanto mienten el fracaso como el éxito. Y dudo cuál impide más seguir el camino correcto¡¡¡
Nada. Dao. Camino.
Al fin, ojalá sepa cuando voy a morir para poder escribir un bello poema que conforte a los vivos; ojalá muera erguido. Ojalá, cinco minutos antes de morir, y sabiendo lo que va a pasar, no sienta en el alma que a mi entierro no vaya casi nadie, y haya aprendido a no desear que los que vayan, por todo lo que les amo, estuvieran lejos para no tener que atender ese último compromiso.
Competir: buscar algo tan abstracto como la victoria, que en si es la medida de comparación de la eficacia, como el dinero lo es del valor. Qué absurdo es ganar, casi tanto como tener.
Al no ganar o no tener hallamos la medida de la propia calidad.
Si hemos tenido o ganado, pensamos que no es grave; si no, podemos pensar como la zorra con las uvas. Error en ambos casos.
No es haber conseguido lo que dices que ya no necesitas lo que te permite descansar cuando no lo tienes, sino de verdad no necesitarlo: a ese efecto, aquella consecución puede ser una dificultad, porque genera un espejismo de autosuficiencia. Sólo vale no querer, y eso es tarea de cada dia que se examina cada dia, y que no acepta ningún pasado para hacer de muleta.
No es conformarnos con lo que hemos hecho, sino hacer el máximo posible, como si todas las uvas estuvieran maduras, y luego realmente no necesitar su jugo, darlo a los demás como medida de equilibrio, no de generosidad.
Es imposible ser bueno y santo al mismo tiempo, porque sólo es bueno no tener valores, mientras que sólo es santo ser coherente hasta el extremo con unos valores.
La viuda que dió lo que necesitaba era santa; el rico que dió lo que le sobraba pudo ser bueno si de verdad, íntimamente, le sobraba lo que dió, y todo lo demás que tenía, y sólo le importó dar lo mejor de si mismo, y con ello el fruto fue alto, y al no necesitarlo, por haber cumplido su cometido vital, lo repartió, y no se sintió por ello ni mejor ni peor por que no daba nada que para él valiera, y olvidó pronto el gesto, como no recordó cada vez que respiraba.
Es cierto que es fácil ser bueno cuando lo tienes todo, que la debilidad y el hambre engendran el egoismo de supervivencia que acabamos llamando maldad cuando condenamos a uno que no fue santo.
Pero eso en nada empece al pensamiento principal: si se sigue el camino correcto, tanto mienten el fracaso como el éxito. Y dudo cuál impide más seguir el camino correcto¡¡¡
Nada. Dao. Camino.
Al fin, ojalá sepa cuando voy a morir para poder escribir un bello poema que conforte a los vivos; ojalá muera erguido. Ojalá, cinco minutos antes de morir, y sabiendo lo que va a pasar, no sienta en el alma que a mi entierro no vaya casi nadie, y haya aprendido a no desear que los que vayan, por todo lo que les amo, estuvieran lejos para no tener que atender ese último compromiso.
jueves, 8 de enero de 2009
TAJANDO EL NUDO GORDIANO AL CRUZAR EL RUBICON
Revoluciones. Es paradigmático del análisis del siglo XX, y más de sus finales, el recurso a la medida cualitativa para la detección de revoluciones, sobre la cuantitativa. Si se imprimen más páginas, hubo una revolución; si se tejen más metros textiles, hubo una revolución. Pero sólo hay una revolución si el “Más” desaparece de la medida…
Si se produce un incremento de inventos (como quiera que sea que se mida) superior a períodos mucho mayores, el analizado es revolucionario. Si hemos visto una mejora de la vida humana en los últimos cuarenta años que no se obtuvo en los últimos cuarenta mil, hay una revolución.
Poco revolucionario, creo, en términos cualitativos. La informática supera como revolución a la imprenta, si, pero sólo en términos cuantitativos.
Si hay una medida útil en este estudio, ha de ser la que permita localizar un punto verdaderamente revolucionario, y sus causas, y evaluarlo como positivo, para permitir su superación cualitativa, esto es, su repetición a velocidad astronómica, ni siquiera geométrica.
Lo anterior son lugares comunes, aceptados por la comunidad filosófica, jurídica, científica, y hasta incorporados a textos de divulgación par amasas.
No estoy de acuerdo con que la revolución definitiva, ni aún la más importante en términos cualitativos, sea la creación de medios de acumulación, proceso, divulgación y (limitadamente) análisis, de infinita cantidad de información.
Las guerras actuales en el mundo, convencionales o no, demuestran que la violencia como problema anterior a esa supuesta “revolución”, (u otras de igual fuste) aclara la futilidad de la herramienta, que como tal es ciertamente útil, pero no cualitativamente revolucionaria.
No me voy a gastar, expuesta la idea seminal, en una exposición acerca de mi idea de lo que ha integrado “revolución” en el pasado, porque me resulta urgente, y más funcional, creo, definir la auténtica Revolución actual, desde este punto de vista.
Si la fuente de conflicto es la debilidad y simultanea percepción de la fuerza, ni la Revolución Industrial generó riqueza para enjugar los descontentos de las masas proletarias, ni la de Octubre en Rusia un estado de presencia masiva y democrática en el Poder que justificara el previo empobrecimiento de las masas durante la expresión bélica de la prevista Lucha de Clases, o la perpetuación en la opulencia y capacidad de opresión de la Nueva Clase emergente, que ejemplifica los múltiples sucesos de izquierda más o menos democráticamente instalada en el Poder después.
Tras las guerras de Religiones, desde la Cruzada a las más prosaicas que en Europa encarnaban más el combate del racionalismo con la teocracia que una auténtica efervescencia del verdadero mensaje divino, y después, con las disputas nacionalistas que heredan la postura ya impresentable a la luz de la filosofía postrrevolucionaria de los oficialismos y cismas, para convertirlos en “hechos diferenciales” que fundamentaran una lucha espúrea por el territorio como tercer elemento del Estado Moderno (Jean Bodin) que permitiese a la clase aspirante al Poder dar una motivación visceral, patriótica (obvia la imagen edípica) a sus bases para la violencia, modelo vigente hasta la finalización de la segunda Guerra Mundial, se ha mantenido un modelo estable y violento, cuyo derrocamiento implicaría una auténtica REVOLUCIÓN.
Del estudio de loas tensiones generadoras de la I GM, cerradas en falso, y recuperadas en la II GM, se infiere que una Revolución está en marcha, y que tiene, como todas, un precedente local.
Los odios entre facciones (llámense religiosas, nacionalistas, políticas,…, mismos perros con collares parecidos, con líderes idénticos, con el único sustrato diferencial de la capacidad de esos líderes de travestir su único objetivo de conquista del Poder tras vestiduras presentables en cada momento) expresan la situación que verdaderamente identifica la era que la verdadera REVOLUCIÓN debería superar. La aparición de nuevas y más potentes herramientas de divulgación ha sucumbido ante la propaganda; la de medios de preservación de las conquistas intelectuales que debían mejorarnos, ante la imposición mediática de fórmulas de placer irresistibles para los no lúcidos…
En fin, que tras la sucesión de clases acaecida por la sustitución del poder aristocrático por el burgués, tan violenta e injusta como poco productiva (vid. Tocqueville), el supuesto siguiente paso es la sustitución de la clase burguesa por la proletaria, con el raquítico sustrato de la Filosofía de Marx y Engels, y el apoyo no menos, sino aún mucho más violento, de la revuelta rusa de 1917, que para más desgracia saltaba el paso del poder burgués, sustituyendo en teoría el gobierno nobiliario por el proletario, y en la práctica, por el de una nueva nobleza, que ni siquiera el crédito de la generación de riqueza contaba, y que se comportó, como era previsible, como el más déspota de los sistemas feudales hasta casi la actualidad, y su espectacular ingreso en el anarcocapitalismo desregularizado y de proporciones mundiales.
De nuevo: ¿Dónde está esa revolución anhelada, la superación de un modelo que no sirve y que sólo finge cambios al presentar nuevos líderes?
Al estudiar la Europa de entreguerras, tan fértil culturalmente que impide evitar el pensar que en ella no hubo posibilidad alguna de cambio real, nos da una pista.
Si el modelo a superar no es el que se fundamenta en una u otra base (la religión, el nacionalismo, la clase económica), por ser precisamente el que origina la esclerosis social, la trampa del cambio estético, ha de estar en la calidad la imagen del auténtico cambio.
Tras la caída de los imperios, de los gobiernos basados en la riqueza o el descrédito de los que decían redimir de la pobreza para alzar sobre ella, una vez más, a unos pocos, y entre el más agrio fragor de los últimos espasmos en Europa de esa tendencia a la eliminación del adversario como fin político, que elimina toda legitimación a la supuesta ideología de cobertura, la reacción derechista contra la barbarie izquierdista genera una situación económica insostenible a nivel global. En un primer estadio, la victoria derechista en la Guerra Española permite vislumbrar la debilidad del movimiento falsamente revolucionario de las izquierdas europeas (falsamente revolucionario por que nada cambia la sustitución de unos líderes por otros, lo cual es bueno si sucede por vías democráticas y malo si, como era el caso, se intenta imponer mediante el terrorismo).
Por determinismo histórico, se decanta la situación por la intervención de quien ha sufrido en el aislamiento que la insularidad permite, la auténtica revolución, y no está dispuesto a tolerar que sus beneficios se pierdan o relativicen por un atavismo extranjero. En Estados Unidos, donde no hay odio de clases, sino alternancia natural de partidos que genera riqueza, se advierte la amenaza de las posturas que sólo buscan destruir al contrario.
Esa es la auténtica REVOLUCIÓN moderna: la superación de la idea de destrucción recíproca.
Si se ve una postura como la española actual en la que se busca el aislamiento del contrario, se encuentra una situación prerrevolucionaria, que sólo llevará al desastre si la población no la erradica por percibir, en función de un suficiente grado de evolución, la perjudicialidad de los resultados que ello acarreará.
Sólo nuestros “casi todos” unidos a los “casi todos” de los países que se han revolucionado, pueden crecer, observando con piedad a los países con dictaduras, y con horror a los anclados en la destrucción recíproca, que es tan tribal cuando enfrenta a Hutus contra Tutsis a machetazos, como cuando busca el apoyo de las minorías egoístas para anclarse en una deficiencia ética de la población para eliminar la alternancia, en la idea de que el poder es naturalmente propio y accidentalmente ajeno.
La falta de frustración al ver la victoria ajena, la renuncia en el ejercicio del Poder a usarlo para destruir la capacidad ajena de acceder a él, antes aún de justificar la propia permanencia y, luego, buscar el bien común son indicios. Sus contrarios, la clara muestra de la falta de evolución…de Revolución¡¡¡
Si se produce un incremento de inventos (como quiera que sea que se mida) superior a períodos mucho mayores, el analizado es revolucionario. Si hemos visto una mejora de la vida humana en los últimos cuarenta años que no se obtuvo en los últimos cuarenta mil, hay una revolución.
Poco revolucionario, creo, en términos cualitativos. La informática supera como revolución a la imprenta, si, pero sólo en términos cuantitativos.
Si hay una medida útil en este estudio, ha de ser la que permita localizar un punto verdaderamente revolucionario, y sus causas, y evaluarlo como positivo, para permitir su superación cualitativa, esto es, su repetición a velocidad astronómica, ni siquiera geométrica.
Lo anterior son lugares comunes, aceptados por la comunidad filosófica, jurídica, científica, y hasta incorporados a textos de divulgación par amasas.
No estoy de acuerdo con que la revolución definitiva, ni aún la más importante en términos cualitativos, sea la creación de medios de acumulación, proceso, divulgación y (limitadamente) análisis, de infinita cantidad de información.
Las guerras actuales en el mundo, convencionales o no, demuestran que la violencia como problema anterior a esa supuesta “revolución”, (u otras de igual fuste) aclara la futilidad de la herramienta, que como tal es ciertamente útil, pero no cualitativamente revolucionaria.
No me voy a gastar, expuesta la idea seminal, en una exposición acerca de mi idea de lo que ha integrado “revolución” en el pasado, porque me resulta urgente, y más funcional, creo, definir la auténtica Revolución actual, desde este punto de vista.
Si la fuente de conflicto es la debilidad y simultanea percepción de la fuerza, ni la Revolución Industrial generó riqueza para enjugar los descontentos de las masas proletarias, ni la de Octubre en Rusia un estado de presencia masiva y democrática en el Poder que justificara el previo empobrecimiento de las masas durante la expresión bélica de la prevista Lucha de Clases, o la perpetuación en la opulencia y capacidad de opresión de la Nueva Clase emergente, que ejemplifica los múltiples sucesos de izquierda más o menos democráticamente instalada en el Poder después.
Tras las guerras de Religiones, desde la Cruzada a las más prosaicas que en Europa encarnaban más el combate del racionalismo con la teocracia que una auténtica efervescencia del verdadero mensaje divino, y después, con las disputas nacionalistas que heredan la postura ya impresentable a la luz de la filosofía postrrevolucionaria de los oficialismos y cismas, para convertirlos en “hechos diferenciales” que fundamentaran una lucha espúrea por el territorio como tercer elemento del Estado Moderno (Jean Bodin) que permitiese a la clase aspirante al Poder dar una motivación visceral, patriótica (obvia la imagen edípica) a sus bases para la violencia, modelo vigente hasta la finalización de la segunda Guerra Mundial, se ha mantenido un modelo estable y violento, cuyo derrocamiento implicaría una auténtica REVOLUCIÓN.
Del estudio de loas tensiones generadoras de la I GM, cerradas en falso, y recuperadas en la II GM, se infiere que una Revolución está en marcha, y que tiene, como todas, un precedente local.
Los odios entre facciones (llámense religiosas, nacionalistas, políticas,…, mismos perros con collares parecidos, con líderes idénticos, con el único sustrato diferencial de la capacidad de esos líderes de travestir su único objetivo de conquista del Poder tras vestiduras presentables en cada momento) expresan la situación que verdaderamente identifica la era que la verdadera REVOLUCIÓN debería superar. La aparición de nuevas y más potentes herramientas de divulgación ha sucumbido ante la propaganda; la de medios de preservación de las conquistas intelectuales que debían mejorarnos, ante la imposición mediática de fórmulas de placer irresistibles para los no lúcidos…
En fin, que tras la sucesión de clases acaecida por la sustitución del poder aristocrático por el burgués, tan violenta e injusta como poco productiva (vid. Tocqueville), el supuesto siguiente paso es la sustitución de la clase burguesa por la proletaria, con el raquítico sustrato de la Filosofía de Marx y Engels, y el apoyo no menos, sino aún mucho más violento, de la revuelta rusa de 1917, que para más desgracia saltaba el paso del poder burgués, sustituyendo en teoría el gobierno nobiliario por el proletario, y en la práctica, por el de una nueva nobleza, que ni siquiera el crédito de la generación de riqueza contaba, y que se comportó, como era previsible, como el más déspota de los sistemas feudales hasta casi la actualidad, y su espectacular ingreso en el anarcocapitalismo desregularizado y de proporciones mundiales.
De nuevo: ¿Dónde está esa revolución anhelada, la superación de un modelo que no sirve y que sólo finge cambios al presentar nuevos líderes?
Al estudiar la Europa de entreguerras, tan fértil culturalmente que impide evitar el pensar que en ella no hubo posibilidad alguna de cambio real, nos da una pista.
Si el modelo a superar no es el que se fundamenta en una u otra base (la religión, el nacionalismo, la clase económica), por ser precisamente el que origina la esclerosis social, la trampa del cambio estético, ha de estar en la calidad la imagen del auténtico cambio.
Tras la caída de los imperios, de los gobiernos basados en la riqueza o el descrédito de los que decían redimir de la pobreza para alzar sobre ella, una vez más, a unos pocos, y entre el más agrio fragor de los últimos espasmos en Europa de esa tendencia a la eliminación del adversario como fin político, que elimina toda legitimación a la supuesta ideología de cobertura, la reacción derechista contra la barbarie izquierdista genera una situación económica insostenible a nivel global. En un primer estadio, la victoria derechista en la Guerra Española permite vislumbrar la debilidad del movimiento falsamente revolucionario de las izquierdas europeas (falsamente revolucionario por que nada cambia la sustitución de unos líderes por otros, lo cual es bueno si sucede por vías democráticas y malo si, como era el caso, se intenta imponer mediante el terrorismo).
Por determinismo histórico, se decanta la situación por la intervención de quien ha sufrido en el aislamiento que la insularidad permite, la auténtica revolución, y no está dispuesto a tolerar que sus beneficios se pierdan o relativicen por un atavismo extranjero. En Estados Unidos, donde no hay odio de clases, sino alternancia natural de partidos que genera riqueza, se advierte la amenaza de las posturas que sólo buscan destruir al contrario.
Esa es la auténtica REVOLUCIÓN moderna: la superación de la idea de destrucción recíproca.
Si se ve una postura como la española actual en la que se busca el aislamiento del contrario, se encuentra una situación prerrevolucionaria, que sólo llevará al desastre si la población no la erradica por percibir, en función de un suficiente grado de evolución, la perjudicialidad de los resultados que ello acarreará.
Sólo nuestros “casi todos” unidos a los “casi todos” de los países que se han revolucionado, pueden crecer, observando con piedad a los países con dictaduras, y con horror a los anclados en la destrucción recíproca, que es tan tribal cuando enfrenta a Hutus contra Tutsis a machetazos, como cuando busca el apoyo de las minorías egoístas para anclarse en una deficiencia ética de la población para eliminar la alternancia, en la idea de que el poder es naturalmente propio y accidentalmente ajeno.
La falta de frustración al ver la victoria ajena, la renuncia en el ejercicio del Poder a usarlo para destruir la capacidad ajena de acceder a él, antes aún de justificar la propia permanencia y, luego, buscar el bien común son indicios. Sus contrarios, la clara muestra de la falta de evolución…de Revolución¡¡¡
NUEVA SECCIÓN: DEFINICIÓN DEL INFIERNO
PARA SER COMPLETADA CON APORTACIONES. EMPIEZO:
"UNA NAVIDAD QUE NO ACABA NUNCA"
"UNA NAVIDAD QUE NO ACABA NUNCA"
Amor y Odio
Puedo perdonar los celos, porque son la expresión del miedo, y por tanto de la debilidad, de la que no estoy seguro de que nadie sea culpable, ni por tanto imputable. El débil ama, vive de ese amor, no lo controla, teme perderlo, y sufre ese temor de modo irracional, tan irracional como el miedo mismo que lo inspira, causando un daño que debe evaluarse, enjuiciarse, y responderse, a la luz de ese dato de procedencia y enjuiciabilidad.
Cabe ahí el perdón, si se es lo suficientemente fuerte como para arrostrar el daño. En caso contrario, a huir.
Pero aún siendo fuerte, y dominando ese daño y el escenario que lo ve crearse e intentar crecer, no hay por que tolerarlo.
Un factor refuerza que esa ausencia de obligación ética se convierta en una opción, ya no moralmente posible, sino incluso vitalmente aconsejable, y hasta, bien llevada, pedagógica para el sujeto activo del daño. Es el odio.
El celoso llega, si es fuerte, incluso a dañar, pero siempre con la enfermiza idea de que está buscando lo mejor para la pareja. Si aparece odio, ya no hay sólo miedo y los celos subsiguientes, de distinta catadura en función de la fuerza de toda índole que pueda desplegar el celoso (paradójico: la fuerza del débil... Hablo de fuerza física o económica, las menos fuertes de las fuerzas, pero dañinas igualmente si se utilizan) sino un elemento distinto: la percepción de la propia debilidad se une a la soberbia, en el sentido católico de la palabra. Se pregunta el sujeto cómo es posible que siendo lo mejor que se fabrica en ser humano se le esté resistiendo a la posesión esa pareja... Incrementándose la incredulidad si la pareja exhibe una obvia calidad que cortocircuita la idea de superioridad, y destruye desde la base el planteamiento.
Ahí, la discusión sobre cualquier cosa, que inmediatamente aflora el único interés del celoso (la posesión de la pareja que pueda darle estabilidad) se encarna en rictus faciales de aversión visceral, en razonamientos alejados, no ya de los cauces naturales del cariño, sino incluso de los funcionales que se orientan a imponer un modelo propicio a la dominación, para centrarse en la agresión personal, en la exhibición, siquiera temporal (ante tamaña locura, son frecuentes posteriormente los arrepentimientos) de la actitud destructiva de la bestia primigenia que sólo maneja la alternativa entre destruir o ser destruido.
Si a la debilidad natural que genera miedo y celos, se une una reacción inconsciente de compensación encarnada en la construcción de un "yo" supremo, bien imaginariamente, bien con fundamento en esfuerzos de crear un cuerpo atlético y combativo, o una posición económica para la venganza, etc..., la unión de debilidad y soberbia equivale a la exteriorización de celos y odio, que creo patológica, e impresentablemente soportable.
Hasta el "quieres a otra/o", con sus miles de funestas consecuencias, la pareja del débil puede ser fuerte, y perdonar, y aprovechar los momentos de lucidez para mostrar el eror y construir. Es dificil, y probablemente no merezca la pena, pero el amor no mide las fuerzas como la física.
Si a ello se une la respuesta crispada de odio y la clara expresión oral o facial de que en ese momento, si fuera posible, se nos impondría el desacuerdo por la fuerza (o si llega a hacerse efectiva esa postura, independientemente de que nustra propia fuerza permita o no su viablidad, y no sólo hablo entérminos físicos), la actitud que se impone ya no obedece a los impulsos del amor generoso, sino de la propia dignidad, la pedagogía para conla pareja, la salubridad del orden público y, si hay más implicados (parientes, hijos, amigos, socios o compañeros de trabajo..., etc...), sino a una obliación para con el entorno cuya negligencia no derá generosa sino egoista e irresponsable.
Cabe ahí el perdón, si se es lo suficientemente fuerte como para arrostrar el daño. En caso contrario, a huir.
Pero aún siendo fuerte, y dominando ese daño y el escenario que lo ve crearse e intentar crecer, no hay por que tolerarlo.
Un factor refuerza que esa ausencia de obligación ética se convierta en una opción, ya no moralmente posible, sino incluso vitalmente aconsejable, y hasta, bien llevada, pedagógica para el sujeto activo del daño. Es el odio.
El celoso llega, si es fuerte, incluso a dañar, pero siempre con la enfermiza idea de que está buscando lo mejor para la pareja. Si aparece odio, ya no hay sólo miedo y los celos subsiguientes, de distinta catadura en función de la fuerza de toda índole que pueda desplegar el celoso (paradójico: la fuerza del débil... Hablo de fuerza física o económica, las menos fuertes de las fuerzas, pero dañinas igualmente si se utilizan) sino un elemento distinto: la percepción de la propia debilidad se une a la soberbia, en el sentido católico de la palabra. Se pregunta el sujeto cómo es posible que siendo lo mejor que se fabrica en ser humano se le esté resistiendo a la posesión esa pareja... Incrementándose la incredulidad si la pareja exhibe una obvia calidad que cortocircuita la idea de superioridad, y destruye desde la base el planteamiento.
Ahí, la discusión sobre cualquier cosa, que inmediatamente aflora el único interés del celoso (la posesión de la pareja que pueda darle estabilidad) se encarna en rictus faciales de aversión visceral, en razonamientos alejados, no ya de los cauces naturales del cariño, sino incluso de los funcionales que se orientan a imponer un modelo propicio a la dominación, para centrarse en la agresión personal, en la exhibición, siquiera temporal (ante tamaña locura, son frecuentes posteriormente los arrepentimientos) de la actitud destructiva de la bestia primigenia que sólo maneja la alternativa entre destruir o ser destruido.
Si a la debilidad natural que genera miedo y celos, se une una reacción inconsciente de compensación encarnada en la construcción de un "yo" supremo, bien imaginariamente, bien con fundamento en esfuerzos de crear un cuerpo atlético y combativo, o una posición económica para la venganza, etc..., la unión de debilidad y soberbia equivale a la exteriorización de celos y odio, que creo patológica, e impresentablemente soportable.
Hasta el "quieres a otra/o", con sus miles de funestas consecuencias, la pareja del débil puede ser fuerte, y perdonar, y aprovechar los momentos de lucidez para mostrar el eror y construir. Es dificil, y probablemente no merezca la pena, pero el amor no mide las fuerzas como la física.
Si a ello se une la respuesta crispada de odio y la clara expresión oral o facial de que en ese momento, si fuera posible, se nos impondría el desacuerdo por la fuerza (o si llega a hacerse efectiva esa postura, independientemente de que nustra propia fuerza permita o no su viablidad, y no sólo hablo entérminos físicos), la actitud que se impone ya no obedece a los impulsos del amor generoso, sino de la propia dignidad, la pedagogía para conla pareja, la salubridad del orden público y, si hay más implicados (parientes, hijos, amigos, socios o compañeros de trabajo..., etc...), sino a una obliación para con el entorno cuya negligencia no derá generosa sino egoista e irresponsable.
domingo, 4 de enero de 2009
EL INFARTO CULTURAL
Al fin, el colapso generado por el irremediable acercamiento entre la masa de consumidores y la minoría de creadores.
Si no creas, y todos tienen acceso a todo, es cuestión de tiempo -poco- que desaparezca el lapso entre los muchos y los pocos. Si eso pasara en la parte alta del gráfico... Pero no, una vez más, no. Pasa en la zona mediocre. En la misma en la que la Rusia bolchevique buscaba la igualación por abajo. En la zona en la que se toman las decisiones...
Al fin, se impone la actitud no democrática: las decisiones, ya no guían el bienestar común, porque las toman cuerpos sociales sin calidad. Son las actitudes individuales, en ese entorno hostil, las que generan progreso.
La consecuencia ética parece obvia: la decisión colectiva pierde legitimidad, y se convierte en una convención enjuiciable. La premisa de que es mejor un mal orden que una ausencia de orden queda obsoleta ante la inevitabilidad del orden una vez que se demuestra que el más impresentable de los órdenes se sostiene al ser el sistema suficiente para sostenerse a si mismo, independientemente de quién lo dirige.
Ni la convención resiste: circulo por la derecha porque no me interesa lo contrario; mi velocidad es la máxima que mis sistemas me puedan permitir en conflicto con los policiales...
Lo malo es que, creo, la generalización de este ideario mata nuestro bienestar: la crisis económica actual se debe a la generalización de la actitud especulativa que antes creaba riqueza.
Fortalezcámonos por que la fuerza va a hacerse necesaria otra vez pronto.
Si no creas, y todos tienen acceso a todo, es cuestión de tiempo -poco- que desaparezca el lapso entre los muchos y los pocos. Si eso pasara en la parte alta del gráfico... Pero no, una vez más, no. Pasa en la zona mediocre. En la misma en la que la Rusia bolchevique buscaba la igualación por abajo. En la zona en la que se toman las decisiones...
Al fin, se impone la actitud no democrática: las decisiones, ya no guían el bienestar común, porque las toman cuerpos sociales sin calidad. Son las actitudes individuales, en ese entorno hostil, las que generan progreso.
La consecuencia ética parece obvia: la decisión colectiva pierde legitimidad, y se convierte en una convención enjuiciable. La premisa de que es mejor un mal orden que una ausencia de orden queda obsoleta ante la inevitabilidad del orden una vez que se demuestra que el más impresentable de los órdenes se sostiene al ser el sistema suficiente para sostenerse a si mismo, independientemente de quién lo dirige.
Ni la convención resiste: circulo por la derecha porque no me interesa lo contrario; mi velocidad es la máxima que mis sistemas me puedan permitir en conflicto con los policiales...
Lo malo es que, creo, la generalización de este ideario mata nuestro bienestar: la crisis económica actual se debe a la generalización de la actitud especulativa que antes creaba riqueza.
Fortalezcámonos por que la fuerza va a hacerse necesaria otra vez pronto.
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